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Marco Fonz

07/08/2011
Hola Livia te envío cinco poemas de Marx. Ojalá se publiquen, por favor si das el crédito de la traducción.
Ficha: Poemas/ Karl Marx/ Editorial El Viejo Topo, Barcelona, España, 2000/ Traducción Marco Fonz y Francisco Jaymes
Saludos y gracias.
Marco Fonz.

I
Tómalos, toma estos cantos
En donde todo es melodía,
Toma este amor que a tus pies humilde se postra.
El alma libre se aproxima en rayos brillantes.
¡Oh!, si el eco del canto es tan potente:
Para moverse alargado con dulces destellos,
para hacer latir el pulso apasionado que tu orgulloso corazón erguirá sublime.
Entonces de lejos seré testigo cómo la victoria te conduce a través de la luz.
Entonces más valiente pelearé por todo
y mi música rugirá en lo alto transformada mi canción sonará más libre
y en un dulce gemido llorará mi lira.

Poesía 
Como flamas creadoras una vez vertidas corrieron hacia mí desde tu pecho,
moviéndose desde lo alto ellas remontaron y las estreché entre mis brazos.
Como Eolo brilló tu forma.
Con suavidad se ampara el fuego, con alas de amor.

Vi el brillo y oí el sonido de los cielos barriéndose en la distancia, se levantan y se hunden,
se hunden, pero también rugiendo en lo más alto.
Entonces cuando la inerte contienda se calmó el júbilo y el gozo hicieron la música que estreché.

Anidando cerca de las suaves formas se detiene el alma,
en desencadenadas palabras de mi imagen de navegante por tu tan inflamado amor.
Limbo de amor, por el espíritu liberado resplandecen otra vez en su pecho creador.

El sol de la verdad
Resplandecen penumbra y estrella
en lo profundo del corazón y en trémula belleza,
la gracias del alma y la blanca piel en unión.

Jamás te muestras abiertamente, sol de la verdad,
tú bien podrías decirte a ti mismo:
- el sol derrama sombras, después de todo.

A mi vecina a través de la calle
 Me observa inquisidora. Dios, no puedo soportarlo por más tiempo.
Un hombrecito, una casa amarilla, una mujer delgada y nauseabunda.
Desde que la inspiración pudo tomar vuelo mejor me inclinaré hacia la ceguera.

XXII
El miedo no deberá clavarse con su helado aguijón
si la espléndida canción es para ser escuchada.
Un solitario grito, aquí
un llanto,
mira los resplandecientes fulgores, de la asesina espada.